El alcázar que se convirtió en iglesia por decreto real
El Alcázar de Jerez de la Frontera, fortaleza almohade autosuficiente con mezquita, baños y aljibes, cayó ante la Corona de Castilla en 1261 tras un mes de asedio. Alfonso X ordenó convertir su mezquita en iglesia dedicada a la Virgen María, la única de las dieciocho mezquitas de la ciudad que sobrevive hoy en pie.
Una fortaleza autosuficiente cae tras un mes de asedio
Antes de 1261, el Alcázar of Jerez de la Frontera era una ciudad dentro de otra ciudad. Los califas almohades lo construyeron en el siglo XII como fortaleza autónoma. Tenía todo lo necesario para vivir sin salir jamás: una mezquita, baños públicos, almacenes y aljibes de agua. Sus muros dobles medían cuatro metros de altura, con siete torres que aún se conservan. Dentro, los soldados y sus familias podían resistir un asedio durante meses sin depender del resto de la ciudad.
Esa autosuficiencia no bastó. En 1261, tras un asedio de un mes, la ciudad se rindió a la Corona de Castilla. El alcázar cayó con ella. Los conquistadores pusieron al mando a Nuño González de Lara, señor de la Casa de Lara, para gobernar la fortaleza tomada.
Alfonso X convierte la mezquita del alcázar en iglesia
El rey Alfonso X de Castilla ordenó convertir la mezquita del alcázar en iglesia. La dedicó a la Virgen María. El minarete, que antes llamaba a la oración musulmana, se convirtió en campanario cristiano. La sala de oración, con su nicho que señalaba hacia La Meca, pasó a ser espacio de culto católico. Hoy sigue en pie: es la única mezquita que sobrevive de las dieciocho que tuvo la ciudad. Tres años después de la conquista, en 1264, la población musulmana que quedaba se levantó contra los nuevos gobernantes. La revuelta fue aplastada. El alcázar, ya iglesia y sede de los primeros alcaldes cristianos, siguió transformándose durante siglos: en 1664 se añadió dentro de sus muros el Palacio de Villavicencio, en estilo barroco.
Alfonso VII incendia y derriba la ciudad en 1133
Más de un siglo antes de que cayera el alcázar, Jerez ya había ardido una vez. En 1133, el rey Alfonso VII asaltó la ciudad. Sus tropas prendieron fuego a los edificios principales y derribaron las murallas. La ciudad tuvo que reconstruirse desde los cimientos, mucho antes de que los almohades levantaran la fortaleza que hoy sigue en pie a 334 metros de aquí. La conquista de 1261 no fue la primera vez que este suelo cambió de dueño a la fuerza. Fue, al menos, la segunda.
Un hermano hospitalario muere atendiendo apestados
Casi tres siglos y medio después de la conquista cristiana, la ciudad enfrentó un enemigo distinto: la peste. Juan Grande Román, hermano de la orden hospitalaria, pasaba los días atendiendo a los enfermos de Jerez. Se contagió y murió el 3 de junio de 1600. La Iglesia lo beatificó en 1858 y lo declaró santo en 1996. Se convirtió en patrono de la diócesis que hoy tiene su sede junto a la antigua mezquita convertida en templo. Su historia terminó donde tantas otras en esta ciudad: sirviendo a un poder que después lo reclamó como propio.
La Guardia Civil aplasta una marcha de jornaleros
En enero de 1892, entre quinientos y seiscientos jornaleros marcharon hacia el centro de Jerez. Pedían la liberación de presos y ayuda económica para el campo. La Guardia Civil aplastó la revuelta en pocas horas. Murieron tres personas. Trescientos quince trabajadores y organizadores fueron detenidos. Cuatro de ellos fueron ejecutados después de juicios militares. Fue otro intento de tomar el control de esta ciudad desde abajo, y otra vez terminó con los de arriba reafirmando el mando.
Siete hombres mueren a garrote por la Mano Negra
Volvió. En junio de 1884, siete hombres fueron ejecutados con garrote vil en la Plaza del Mercado, condenados en el proceso conocido como el caso de la Mano Negra affair. El lugar de las ejecuciones ocupa hoy el solar del Museo Arqueológico. Otra ejecución similar tuvo lugar el 5 de septiembre de 1899. Como en 1264, el poder volvió a escoger un castigo público y visible para marcar quién gobernaba Jerez.
El campanario que fue minarete sigue marcando las horas sobre una ciudad que nunca dejó de cambiar de manos.
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